
Para escalar tu belleza
hay que empezar en un
bell¡simo talón,
suave piedra de río
redondeada por siglos
de caricias,
símbolo de ti
que cabe
en el hueco de mi mano
y vibra electrizado
a mi contacto
simple comienzo
de placeres complejos
base, fetiche,
pájaro enjaulado
entre correas de piel
que alternativamente
levanta el vuelo
y se posa
por donde yo quiero andar.
Para seguir tu ruta
suave y palpitante
hay que subir
por el tobillo fino,
por el terso bello
de la pantorrilla
por el suave nudo
que articula tu pierna
como forrada en seda
Con el doloroso deseo
de un músculo que tiembla,
como en salvaje potro,
por la n¡tida sombra oscura
donde terminan tus muslos
y empieza la locura.
Pero para sufrir
en infinito martirio
el deseo reprimido,
hay que detener el d¡a
comenzar de nuevo,
ahora en el extremo
dorado de tu cabellera,
para poder enhebrar
cada hilo de tu pelo
en las agujas sedientas
de mis cinco dedos.
Y así, dejar que se resbalen
como filamentos de oro,
pesados y brillantes,
fríos, y vivos,
entre mis ásperas manos
tan cargadas de recuerdo,
tan dulcemente encallecidas
de tanto labrar
la piedra del amor.
Me urge una clase de aeróbics en tu cuerpo.
Y después, cuando ya casi
se nos haya olvidado
el resto del camino,
retomarlo en las orillas
de tus labios, dulces riberas de miel
donde enra¡zan
las flores de tu voz,
sendero en que termina
tu sonrisa
y empieza el aroma
de tu aliento,
para conducir
el viaje lento
de mi desesperada boca
a la suave ladera
de tu cuello,
al monte finísimo
de un hombro,
al valle profundo
de tu axila.
Ahí, campo de almendras,
uno de los dos
orígenes profundos
de tu aroma,
ahí volverme loco
de perfumes y de esencias,
ahí sentir
la enfermedad del celo
del provocado macho,
ahí entender
toda la alquimia pura
y mágica, y terrible
del deseo.
Ahí reponer
no solamente mi fuerza
sino mi ardor y mi dureza,
retomar al viaje enloquecido
de tu cuerpo
soltar a la bestia feroz
que albergamos,
morder tu seno
con hambre de pasión
y de deseo,
aprisionar su capullo
entre mis dientes
hasta que tu dolor
florezca,
devorar tus costados,
llegar a la dulce suavidad
de tu cintura,
sentir cómo se quiebra
se atormenta
con el castigo infinito
de la espera
y, mientras tanto,
aprisionar con mis vivas manos
tu vientre y tu cadera
para impedir brutalmente
que te escapes de mi anhelo.
Después, vacíos,
llenos a la vez
uno del otro,
sin brillo ni luz
en nuestros ojos,
sin líquido alguno
en nuestros cuerpos,
hechos sólo de aliento
y de jadeos
un poco muertos,
muy mucho vivos,
voltearnos cada quien
para su lado,
juntarnos las espaldas
mutuamente,
sin temer
ni engaños ni traición,
y dejar que nuestras pieles
se confiesen
su inacabable busca
de ternura.
Carlos Aroesty